La concepción contemporánea del tiempo se asienta, de manera casi dogmática, sobre la premisa inquebrantable de la uniformidad matemática. En el paradigma de la modernidad y la era digital, una hora no es más que una abstracción cuantitativa y estéril: una fracción rígida compuesta por sesenta minutos que transcurre con la misma indiferencia geométrica tanto en las frías profundidades del solsticio de invierno como en la luminosidad del equinoccio de primavera. Sin embargo, antes de la imposición global de los osciladores de cuarzo, la precisión atómica del cesio y la tiranía de los husos horarios estandarizados, la humanidad habitaba un tiempo dotado de textura, de color y, fundamentalmente, de cualidad.
De Babilonia a Alejandría
El error más frecuente en la divulgación astrológica consiste en atribuir a los babilonios un sistema que, en sentido estricto, elaboraron los griegos. La astronomía mesopotámica de los siglos VII–V a.C. ya había registrado a los siete planetas visibles: Saturno, Júpiter, Marte, el Sol, Venus, Mercurio y la Luna, y los había vinculado a deidades y ciclos temporales. Pero la asignación específica de un regente planetario a cada hora del día no está documentada con certeza en las fuentes cuneiformes. Es, como señalan los estudios sobre la materia, un desarrollo posterior.
El sistema cristaliza en el período helenístico, cuando la astronomía griega integra el legado caldeo a su cosmología. El texto más antiguo que describe explícitamente la secuencia de regentes horarios es el Papiro de Oxirrinco y otros documentos astrológicos griegos del siglo I–II d.C. El primer registro literario conservado que explica el mecanismo astrológico mediante el cual los planetas rigen las horas y, por extensión, dan nombre a los días de la semana, pertenece al astrólogo alejandrino Vettius Valens.
Hacia los años 150-170 d.C., Vettius Valens detalló este sistema en su obra Antologías (Libro I). Valens explicó matemáticamente cómo calcular qué planeta rige un día específico partiendo de la premisa de que los siete cuerpos celestes visibles (ordenados según el sistema caldeo: Saturno, Júpiter, Marte, Sol, Venus, Mercurio y Luna) se turnan para gobernar las 24 horas del día. El planeta que gobierna la primera hora de un día otorga su nombre a ese día completo.

Aproximadamente medio siglo después, Casio Dión aborda este tema en su Historia Romana (Libro 37, capítulos 18-19), escrita a principios del siglo III d.C. (alrededor del 229 d.C.). Lo que hace Dión es ofrecer una descripción histórica muy detallada de una costumbre que en su época ya se había popularizado plenamente: la distribución armónica de los cuerpos celestes sobre las horas del día. Corroborando en sus escritos que este principio astronómico de la distribución armónica de los cuerpos celestes sobre las horas era la explicación comúnmente aceptada en el Imperio Romano para la designación de los días de la semana.
Aunque Valens y Dión proporcionan las primeras explicaciones teóricas y mecánicas en textos literarios, el uso de la semana planetaria es anterior a ambos. Existen testimonios del siglo I a.C., como el del poeta romano Tibulo (quien menciona el «día sagrado de Saturno»), y grafitis en las ruinas de Pompeya, donde se halló un grafito datado exactamente el 6 de febrero del año 60 d.C., en el cual un habitante anónimo designa expresamente a ese día como un «Domingo» o día del Sol.
Asimismo, vestigios epigráficos como un enigmático fragmento de mármol hallado en 1830 en las ruinas de Potenza, en los Montes Apeninos de Italia, evidencian que el sistema no era un secreto de las escuelas de filosofía. Existían calendarios y tablas astrológicas grabadas en piedra, financiadas presumiblemente por mecenas o magistrados, destinadas a la consulta pública en las plazas. En este fragmento, analizado por el historiador aleman Theodor Mommsen, se tabulaban sistemáticamente los dioses planetarios y las horas temporarias para su uso práctico cotidiano por parte de los ciudadanos romanos.
Griegos, árabes y la Europa renacentista
Ptolomeo, en su Tetrabiblos (s. II d.C.), establece las dignidades planetarias que fundamentan el sistema de las horas planetarias. Para Ptolomeo, la medición precisa del tiempo era el eje vertebral de la predicción astrológica. En el Libro III, Capítulo 10 de su tratado, al explicar los métodos matemáticos para determinar la duración de la vida de un individuo (el cálculo del «prorrogador» o hyleg y las «direcciones primarias»), Ptolomeo hace referencia explícita y constante al uso de «horas temporarias» o estacionales.
Firmico Materno (Matheseos) las sistematiza para uso práctico en el siglo IV d.C.
Después, con la caída del mundo antiguo el sistema de las horas planetarias no desaparece, la tradición se preserva y expande a través de los astrólogos árabes, que traducen y amplían los textos griegos.
Los astrólogos árabes de los siglos VIII al XII son los custodios decisivos de la tradición. Al-Kindi, en su De Radiis (siglo IX), integra las horas planetarias en un sistema mágico-astrológico coherente que influirá en toda la tradición posterior. Abu Ma’shar las incorpora a la astrología eleccional en su Introductorium Maius (s. IX); Al-Biruni las describe con precisión técnica en el Kitab al-Tafhim (siglo XI). Es a través de estas traducciones y ampliaciones árabes, y de su posterior traducción al latín, como Europa recupera el sistema de las horas planetarias.
El sistema de Horas Planetarias
Comprender las horas planetarias requiere abandonar la noción moderna de hora como unidad fija de sesenta minutos. El sistema trabaja con las «horas temporarias», «horas estacionales” o «horas desiguales», cuya duración varía según la época del año y la latitud geográfica. El día astrológico se divide en dos series de doce horas cada una, la primera desde el amanecer exacto hasta el ocaso, la segunda desde el ocaso hasta el amanecer siguiente.
A diferencia de las horas equinocciales, ecuatoriales o mecánicas (las horas de duración igual que utilizamos hoy en día), el sistema temporario dividía el arco diurno (el tiempo transcurrido desde el instante del amanecer hasta la desaparición del disco solar en el atardecer) en doce partes matemáticamente iguales, y el arco nocturno (desde el ocaso hasta el alba del día siguiente) en otras doce partes fraccionarias. Solo en los equinoccios estas horas coinciden con los sesenta minutos convencionales.
Cálculo de la duración real de cada hora
Hora diurna = (Tiempo exacto entre el amanecer y el ocaso) ÷ 12
Hora nocturna = (Tiempo exacto entre el ocaso y el amanecer) ÷ 12
En verano, en latitudes medias, una hora diurna puede extenderse hasta unos setenta y cinco minutos (75´), mientras la nocturna se contrae a cuarenta y cinco (45´); en invierno, la proporción se invierte. El sistema es, en este sentido, inseparable de la observación astronómica local.
La semana planetaria
La secuencia de regentes arranca con el planeta regente del día en la primera hora diurna, el Sol en domingo, la Luna en lunes, Marte en martes, y así sucesivamente, y continúa sin interrupción en el orden caldeo de los planetas, desde el más lento al más rápido: Saturno, Júpiter, Marte, Sol, Venus, Mercurio, Luna; a través del límite día-noche.
El mecanismo es un perpetuum mobile matemático. Si se asigna el primer planeta del orden caldeo a la primera hora del día, los planetas subsiguientes en la lista gobiernan las horas consecutivas en un ciclo rotatorio que se repite sin fin, atravesando la vigilia y el sueño.
Dado que un día consta exactamente de veinticuatro horas y existen siete planetas clásicos, al dividir veinticuatro entre siete se obtiene un cociente de tres ciclos completos y un residuo ineludible de tres horas (24 / 7 = 3). Esta propiedad matemática determina que el planeta que rige la primera hora del día siguiente estará siempre desplazado tres posiciones hacia abajo en el orden caldeo respecto al astro que rigió la primera hora del día anterior.
A cada planeta, según su naturaleza, le corresponde una analogía con un tipo tipo de actividad a la que favorece u obstaculiza:

El Regente de la Hora como validación en Astrología Horaria
Dentro de la astrología horaria, las horas planetarias desempeñan una función específica y técnica: la validación de la carta, lo que la tradición denomina su «radicalidad». El procedimiento consiste en verificar si existe concordancia entre el planeta regente de la hora en el momento de la pregunta y el planeta regente del signo Ascendente.
Para que la carta se considere radical según estos autores, la relación entre el regente de la hora planetaria en el momento de la pregunta y el planeta regente del signo Ascendente debe cumplir al menos una de las siguientes condiciones:
- Identidad: Ambos regentes son el mismo planeta.
- Triplicidad: Ambos planetas pertenecen a la misma triplicidad (rigen signos del mismo elemento astrológico).
- Naturaleza: Ambos planetas comparten al menos una de las cualidades elementales (por ejemplo, frío, húmedo, caliente o seco).
Guido Bonatti, en su enciclopédico Liber Astronomiae (siglo XIII), consolida esta exigencia dentro de sus «consideraciones previas al juicio»: la carta solo debe ser interpretada si muestra signos de estar radicada en la realidad de la pregunta. William Lilly adopta e instruye directamente este criterio en su Christian Astrology (1647), el manual de referencia histórico para la astrología horaria occidental. Claude Dariot, en su influyente Ad astrorum judicia facilis introductio (siglo XVI), recoge también la obligatoriedad de verificar la hora planetaria como filtro para descartar preguntas falsas, lúdicas o formuladas en un momento inoportuno.
Sin embargo, el análisis de los textos de Bonatti y Lilly demuestra que rara vez descartaban una carta exclusivamente por la falta de concordancia horaria. Esta observación ha llevado a autores contemporáneos de la tradición, como John Frawley en su The Horary Textbook, a sostener que utilizar la hora planetaria como veto absoluto constituye un error metodológico. Para Frawley, la disonancia entre el regente de la hora y el del Ascendente no invalida la carta sino que la describe: habitualmente indica que el consultante está desalineado con la realidad del asunto, que sus expectativas son erróneas o que la pregunta ha sido formulada de manera prematura. El dato no niega, contextualiza.
Demetrio Santos y los autores medievales
La tradición no se limita a asignar un planeta a cada hora. En las obras de Demetrio Santos, especialmente en sus recopilaciones y traducciones de textos medievales de autores como Bethen, Zahel y Almanzor, y concretamente en el Centiloquio de Bethen, aparece de manera detallada, que cada hora planetaria se divide en tres partes: primera, intermedia y última, y que cada planeta arroja significados diferentes según el tercio de la hora en que se formula la consulta.
Las reglas expuestas por Demetrio para la astrología electiva son, según Bethen, notablemente precisas:
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- Hora de Saturno: Es buena para comprar cosas de naturaleza pesada, como hierro, estaño, plomo y todos los metales. También piedra, paños negros y empezar a cavar huertos e imaginar engaños contra los enemigos; y no es bueno disminuir la sangre, ni tomar medicina, ni hablar a una autoridad, ni a un superior, ni a un pescador, ni a un cazador, ni al amigo de alguno, ni construir o edificar muro alguno; porque en efecto no es bueno hacer sociedad alguna, ni tomar esposa, porque nunca serán armónicos; ni empezar telas, ni ponerse vestidos nuevos es bueno.
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- Hora de Júpiter: Es bueno comprar y cambiar plata, y tratar todos los asuntos que pertenecen a la plata (dinero); y mercar paños de color azul, y puentes y casas (oronis causam); y es bueno ponerse de viaje por causa del señor y también para negociar; es bueno empezar un viaje por mar, y es bueno tomar medicinas y disminuir la sangre, y hablar sobre paz y concordia, y amistad y gobierno, y comprar caballo de color castaño, y es bueno (arma de azar), y urdir una tela, y arar y sembrar el campo, también cavar un pozo, construir un muro y edificar, y otras cosas más. Todas las cosas buenas es bueno empezarlas en la hora de Júpiter.
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- Hora de Marte: Es bueno para comprar armas y caballos para herrar y todos los equinos aptos para la guerra, armar cascos, empezar un viaje con objeto de ir a la guerra por tierra o por mar, y comprar todos los paños de color rojo, también tomar medicina, y disminuir la sangre, empezar un viaje con objeto de alguna negociación no es bueno, ademas, es bueno todas las obras que pertenecen al fuego como las de los herreros, tintoreros de rojo, horneros, y los que trabajan en fraguas. Y lo mismo que dijimos de la hora de Saturno, no es bueno empezar una asociación, ni confirmar esposa o tomarla.
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- Hora del Sol: Es bueno comprar oro y todas las cosas de color aéreo, y caballos bayos; y es lo mejor en dicha hora hablar al rey y a todos los poderosos; y es bueno a los (ptantibus) empezar por causa de la guerra y empezar la guerra; y es bueno comerciar con paños de color azafranado, también tomar medicina, disminuir sangre o empezar un viaje para negociación, o bien tomar mujer, o dirigir una asociación, construir o contratar no es ni bueno ni malo.
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- Hora de Venus: Es bueno comprar hembras, perlas y todos los adornos de la mujer, y anillos de oro, y emprender todas las cosas femeninas, llevar a cabo esponsales y casarse de lo más perfecto, también para comprar caballos blancos y vestidos blancos; y tomar medicina y disminuir la sangre, hablar a los reyes y a los nobles sobre las mujeres es bueno.
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- Hora de Mercurio: Es bueno comprar todas las cosas pintadas, escritas, surintum, militum, panizo (pana?) y todas las telas de color variado que pertenecen al uso del hombre (sepas ornes). Es bueno comprar seda y todas las cosas que son sedosas; y empezar a hacer un deseo, también tomar esposa y formar una sociedad, asimismo tomar medicina, disminuir la sangre es lo mejor, hacer un viaje por causa de alguna negociación (negocio); y también comprar caballos (baleianos), armas de dos colores, azafranado y dorado, y comprar vestimenta de color verde; es bueno urdir una tela.
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- Hora de la Luna: Es bueno comprar miel, aceite, higos, castañas, nueces, almendras, lana, lino, cáñamo, cebada, carnes de cerdo y todos los animales excepto de vaca; es bueno también comprar aves pertenecientes a Mercurio y todos los animales que pertenecen al mercado (de carne); jurar, engaños, traiciones, fraudes y hacer inventos es bueno; también las obras de las que se desea estabilidad no es bueno comenzarlas, en cambio aquellas de las que se desea rapidez sí es bueno comenzarlas.
El Picatrix y la Magia de las Horas
Ningún texto en la historia del pensamiento oculto refleja mejor la dependencia absoluta de la magia respecto al cálculo riguroso de las horas planetarias de forma más contundente que el Ghāyat al-Hakīm (El Objetivo del Sabio), mundialmente célebre por su título latino, el Picatrix.
Este monumental tratado enciclopédico de magia astral fue compilado originariamente en el Al-Ándalus islámico en el siglo X, atribuido históricamente a al-Majrītī, aunque los estudios críticos modernos, impulsados por historiadores de la ciencia, lo asocian más sólidamente al académico andalusí Maslama ibn al-Qāsim al-Qurtubī.
El libro fusiona la filosofía neoplatónica, la astrología árabe, la enigmática magia hermética de los sabeos de Harrán y la mística agraria de los textos nabateos. Su impacto histórico fue de tal magnitud que, entre 1256 y 1258, el rey Alfonso X el Sabio ordenó su traducción en el scriptorium real de Toledo, primero al castellano y posteriormente al latín, introduciendo el texto furtivamente en las corrientes subterráneas de la Europa erudita.
El texto insiste categórica y reiteradamente en que un talismán concebido para capturar el inmenso poder de un planeta no puede fabricarse en el tiempo ordinario. Debe ser forjado, fundido o esculpido indefectiblemente en el día regido por dicho planeta, y lo que es aún más importante, durante su hora planetaria temporal específica, asegurando que, simultáneamente, el astro se halle en una posición de gran dignidad astrológica (ya sea ascendiendo por el horizonte oriental o culminando en el Medio Cielo).
En el pensamiento de las escuelas neoplatónicas y herméticas de la Edad Media, el tiempo, concebido como duración, nunca fue reducido a ese vacío cartesiano, neutro y silencioso, por el que los actos humanos transcurren sin significación. Antes bien, se lo concebía como un océano sutil, denso y animado, saturado de presencias: un ámbito invisible donde operaban, jerarquías dotadas de inteligencia y propósito. Como señala el Picatrix, “los tiempos tienen propiedades diversas según la disposición de los cielos”¹, lo que convierte cada instante en cualitativamente distinto y cargado de virtud.
En ese contexto, la elección de la hora planetaria por el astrólogo, el médico o el alquimista, al seleccionar con precisión ese instante, no hacía sino convocar, casi de forma imperativa, la asistencia de una de esas entidades celestes. No en vano, “quien obra en el tiempo conveniente alcanza su efecto con mayor perfección”². Así, el acto material dejaba de ser autónomo: quedaba imbricado en una trama superior, donde lo físico y lo metafísico se entrelazaban en una misma operación, ejecutada bajo el signo de una voluntad cósmica operante.
Notas:
1 y 2. Maslama ibn Aḥmad al-Majrīṭī. Picatrix: el fin del sabio y el mejor de los dos medios para avanzar. Edición y traducción de Marcelino Villegas. Madrid: Editora Nacional, 1982.
Maurice Charvet y su gráfico de Horas
Este gráfico, diseñado por el astrólogo Maurice Charvet, es un instrumento de cálculo para determinar el regente planetario de la hora.

El gráfico funciona de la siguiente manera: Primero se toma el planeta al que corresponde el día, sobre la línea de la 1ª hora (horizonte amanecer), por ejemplo el Sol para el Domingo. Luego, una vez realizado el calculo para la duración de la hora, determinamos en qué hora del día o de la noche nos encontramos. Para saberlo miramos la posición del Sol en la Carta Horaria que hemos levantado. Teniendo en cuenta que cada Casa contiene dos horas. En nuestro ejemplo el Sol se encuentra en la 10ª Hora.

Si nos vamos al gráfico de Charvet, y sobre la linea del horizonte o 1ª hora del día, seleccionamos el Sol (Domingo) y contamos hasta la 10ª hora vemos que su regente es Mercurio. Nos puede ayudar observar que en el primer circulo interno del gráfico de Charvet, en números romanos, están colocadas las Casas. En el segundo circulo aparece el número de la hora del día o de la noche.
El Paradigma de Lewis Mumford
El tránsito histórico, filosófico y tecnológico de este modelo orgánico, biológico y estacional de las Horas Planetarias al modelo abstracto, gélido y rígido del reloj mecánico representa una de las mayores rupturas epistemológicas en la historia de la evolución humana.
Como señala Lewis Mumford (1934) en su obra canónica Técnica y civilización, fue este artefacto, y no la posterior revolución del vapor o el carbón, el que fundó verdaderamente nuestra era moderna.
Mumford postula con inmensa agudeza que la máquina fundacional de la era industrial surgió, paradójicamente, de la disciplina contemplativa de los monasterios cristianos de la Europa de la Edad Media. Para combatir el caos social que siguió al colapso del Imperio Romano, las órdenes monásticas como la de los benedictinos buscaron imponer un régimen casi divino de orden y regularidad. Emplearon el sonido rítmico de la campana para llamar a los monjes a la oración exactamente siete veces al día (las horas canónicas).
La introducción de los primeros relojes mecánicos de campanario (atestiguados con mecanismos de percusión en Padua hacia 1344, en Génova en 1353 y en Bolonia en 1356) forzó la estandarización sociológica hacia la hora equinoccial.
Replicar la constante variabilidad de la «hora antigua» temporal, estrechamente ligada a la luz solar y a las cambiantes regencias planetarias de Saturno o Mercurio, resultaba prohibitivamente complejo, aunque no imposible, de plasmar en el primitivo y tosco sistema de engranajes de hierro y pesas.
Según Mumford, el reloj disoció violentamente el Tiempo de los procesos orgánicos y astronómicos. La vida humana y burguesa del comerciante y el trabajador urbano pasó de rendir culto a los cielos a rendir cuentas a un tictac matemático aislado; «la Eternidad dejó gradualmente de servir como la medida y el foco de las acciones humanas».
Al extinguirse paulatinamente el uso cívico generalizado de las horas temporarias, el sistema de las horas planetarias quedó marginado del comercio y la vida civil, siendo celosamente preservado y relegado casi exclusivamente al ámbito del hermetismo, la astrología médica (donde los galenos elegían los momentos para las purgas), la magia natural y el esoterismo, conservándose allí como un fósil vivo de una percepción cualitativa del universo.
A modo de resumen
Trazando la ruta evolutiva y su reconstrucción genealógica de las Horas Planetarias, desde sus incipientes formulaciones y observaciones en las majestuosas torres de las llanuras caldeas, pasando por su depurado y exacto perfeccionamiento matemático en las ricas bibliotecas de la Alejandría helenística bajo la analítica mirada de eruditos como Vettius Valens y el genial Claudio Ptolomeo, hasta alcanzar su exaltación mágica, esotérica y animista en las intrincadas prescripciones del grimorio alfonsí del Picatrix y los monumentales manuales herméticos de Cornelius Agrippa en el corazón del Renacimiento alemán, revela una verdad antropológica profunda: la medición social del tiempo ha sido, histórica y psicológicamente hablando, un acto sagrado de empatía cosmológica, un intento de resonancia con la divinidad, y no simplemente una gris herramienta secular para la administración económica, la burocracia estatal o el control industrial punitivo.
Sin embargo persiste en las profundidades telúricas de la psique humana un deseo latente e innato por la manifestación del Kairos, el instante mítico griego, cualitativo, propicio y cargado súbitamente de destino y significado irrepetible. Las horas planetarias se erigen, en última y soberana instancia, como un artefacto conceptual de asombrosa brillantez matemática e inagotable profundidad esotérica.
Lo que este estudio revela, más allá de su contenido específico, es una concepción del tiempo cualitativamente diferente a la moderna. El tiempo no es un contenedor neutro y homogéneo en el que los eventos ocurren: es un medio con identidad propia, donde cada fracción porta disposiciones favorables o adversas para ciertos tipos de acción. La pregunta no es solo qué hacer, sino cuándo, y ambas preguntas son inseparables. Las horas planetarias no miden el tiempo; lo interpretan.
Bibliografía
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- Bonatti, Guido. Liber Astronomiae. Traducido por Benjamin N. Dykes. Golden Valley, MN: The Cazimi Press, 2007.
- Dariot, Claude. Introducción a los juicios de los astros. Siglo XVI. En la actualidad, el acceso a la obra se limita estrictamente a reproducciones facsímiles de estas ediciones históricas.
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- Maslama ibn Aḥmad al-Majrīṭī. Picatrix: el fin del sabio y el mejor de los dos medios para avanzar. Edición y traducción de Marcelino Villegas. Madrid: Editora Nacional, 1982.
- Materno, Julio Fírmico. Matheseos libri VIII. Editado por Wilhelm Kroll, Franz Skutsch y Konrat Ziegler. 2 vols. Leipzig: B. G. Teubner, 1897-1913.
- Ptolomeo, Claudio. Tetrabiblos. Traducido por Demetrio Santos. Madrid: Editorial Manakel, 2014.
- Santos, Demetrio, ed. y trad. Zahel, Hermes, Almanzor, Bethen: Astrología medieval. Madrid: Barath, 1982.
- Valens, Vettius. Anthologiarum libri novem. Editado por David Pingree. Leipzig: B. G. Teubner, 1986. (La edición moderna de referencia para su estudio es la inglesa de Mark Riley, 2010).
- Sobre la traducción al español de Lilly, William. Astrología horaria. Traducido por Amalia Peradejordi. Barcelona: Ediciones Obelisco, 1989. Esta edición corresponde a una traducción de An Introduction to Astrology, la versión revisada y editada que publicó Zadkiel en 1852, la cual altera y omite secciones del texto original de 1647.
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